Durán Barba, Polarización y Moncloa

Macri entrega a su consultor electoral la definición del rumbo del gobierno.

Entre todas las excentricidades que la política Argentina ofrece, acaba de sumar una muy particular: La consolidación de un consultor electoral, como guía estratégica del Gobierno, con su ineludible impacto en los asuntos del país.

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El ecuatoriano Jaime Durán Barba encadenó esta semana una sucesión de entrevistas en los medios, en las que mezcló de manera desfachatada la promoción de su nuevo libro, con opiniones tajantes sobre lo que debería hacer o dejar de hacer su principal cliente, el presidente Macri.

Ganar elecciones es esencial para todo proyecto político democrático y en ese sentido no hay manera de subestimar el aporte de Durán Barba al macrismo. Lo notable es que en este caso, la definición de la estrategia electoral desborda ese ámbito y tiñe el rumbo del Gobierno.

Durán Barba ocupa el vació simbólico que dejan vacante los dirigentes más importantes de Cambiemos y ofrece un resultado poco feliz: El remanido personaje del consultor político cínico y transgresor, desbordado de referencias personales.

Se podrá argumentar que el problema no es que Durán Barba piense la política, sino que no hay nadie en Cambiemos que se atreva a elaborar y debatir un curso alternativo. El radicalismo, que se supone es un partido de valores, se maneja por momentos con un talante tan contenido, que queda a medio camino entre el pedido vergonzante de “mas lugares” y el acompañamiento timorato. Como si no encontrara la manera de hacer lo obvio con alguna dignidad: Plantear y debatir políticas.

Durán Barba ocupa el vació simbólico que dejan vacante los dirigentes más importantes de Cambiemos y ofrece un resultado poco feliz: El remanido personaje del consultor político cínico y transgresor, desbordado de referencias personales.

Es en ese vacío programático que Durán Barba avanza y se convierte en la voz más visible de la ideología del Gobierno, con un resultado poco feliz: Lo hace desde la construcción del remanido personaje del gurú cínico y transgresor, una suerte de Roger Stone del PRO. Es decir, lo que ofrece como idea de una gestión que proclama que vino a protagonizar un “cambio cultural”, apenas supera el nivel de la provocación previsible, desbordada de referencias personales. Se entiende: Durán Barba lo primero que vende es Durán Barba.

En un momento crítico del proyecto de Macri, cuando el cambio prometido no se tradujo en una mejora palpable en la vida de la gente, cuando las inconsistencias macroeconómicas todavía son inmensas, cuando el mundo se pregunta que significa que un año y medio después la líder opositora con más votos sea Cristina Kirchner, el gobierno deja que la voz dominante sea su consultor electoral. Una voz desafinada que proclama el cambio de “abajo para arriba”, al tiempo que describe con detalle como manipula electorados.

Y pasa lo obvio: Lo urgente -que es ganar las elecciones- contamina lo estratégico. Durán Barba ideó la polarización con el kirchnerismo como atajo para tapar el malestar con una economía que no termina de arrancar y en ese proceso se llevó puesta la posibilidad de concretar un pacto de gobernabilidad, que le otorgara a Macri el músculo político para encarar las reformas que está postergando.

Durán Barba se trenzó en esa negativa, con destacados miembros de la coalición gobernante como Gabriela Michetti, Federico Pinedo, Ernesto Sanz y de la oposición más racional, como Sergio Massa, Miguel Angel Pichetto y la mayoría de los gobernadores peronistas, que entienden que las elecciones de octubre no resolverán el dilema de fondo: Macri es el presidente de un gobierno en minoría que tiene que encarar acaso las reformas más profundas desde que asumió Carlos Menem.

Esto Macri lo tiene clarísimo y sabe que cuando le piden ajustar un déficit histórico, que si no se acomoda a mediano plazo derivará en otra crisis de deuda, le están pidiendo una reforma jubilatoria. Es en el gasto previsional donde se va el grueso del presupuesto.

Igual de inaccesible es -sin un acuerdo con la oposición-, concretar una reforma impositiva y laboral que vuelva más competitiva a la Argentina.

Pero claro, si lo que vende o se cree que trae votos es la polarización, armar el escenario de una concertación a la Moncloa es anti climático, por eso Durán Barba pone tanto énfasis en rechazarla. Y lo que vemos es tan sencillo como frustrante: No es que prevalece lo electoral por sobre los intereses del país, sino que se anula la posibilidad de debatir y acordar políticas de Estado. Creer que vamos a salir adelante sin dar ese paso, es volver a engañarse. Es caer una vez mas en la idea de gobiernos providenciales que todo lo solucionan, todo lo saben y todo lo pueden.

Es tan transparente que cuesta verlo: El encargado del marketing electoral, la pura táctica, sin programa, ni ideología, es quien ofrece el panorama global de hacia donde vamos. Ni los ministros, ni los dirigentes mas importantes de la Coalición, logran el peso irrefutable de las palabras de Durán Barba, a las que Macri siempre se termina plegando.

Pero cuidado, el problema no es el consultor. El drama es la atomización fractal del poder que ensaya Macri para concentrarlo en su decisión, unida a su desprecio bastante explícito por la discusión política profunda. Es esa combinación la que hipertrofia el rol del consultor, en el que se terceriza lo estratégico, que no es otra cosa que el corazón de la política.

Lo estratégico es importante porque trasciende y ordena en una determinada dirección. Durán Barba impuso al inicio del gobierno la vía del gradualismo y ahora a mitad del mandato, la polarización. Lo que vivimos, con sus luces y sombras, es el resultado de esa definición.

La pelea es por el centro

Lejos de perder atractivo, crece la búsqueda de un espacio entre Macri y Cristina. Sólo falta la síntesis.

El lugar común en la política sostiene por estos días que la sociedad está polarizada y la primer víctima de ese proceso es Sergio Massa en términos personales y la construcción de una opción de centro en el plano de las ideas.

Lo curioso es que al mismo tiempo que se describe ese estado de cosas, las nuevas expresiones políticas que surgen, buscan abrevar en ese centro despreciado: ¿Qué otra cosa es sino la oferta desde el peronismo de Florencio Randazzo y desde el radicalismo de Martín Lousteau?

Saltan a la vista las coincidencias entre estos tres políticos y algún que otro gobernador que tantea el mismo espacio, como Juan Manuel Urtubey, Alfredo Cornejo o Sergio Uñac. Para ponerlo en trazo grueso: Todos confluyen hacia un lugar idealmente ubicado un poco a la izquierda de Macri y bastante a la derecha de Cristina y su ideólogo programático, Axel Kicillof.

Esto sugiere que el problema no es de posicionamiento sino operativo. Lo que falta es la síntesis de un nuevo liderazgo que exprese esa opción de centro moderna, que incluya, pero también ofrezca un futuro sostenible. No es un secreto que recuperar el gran país de clase media culta y con niveles de vida europeos, sigue estando en el inconsciente colectivo de los argentinos, como el mejor destino posible.

El problema de la oposición no es tanto de posicionamiento programático sino operativo, lo que falta es la síntesis de un nuevo liderazgo que exprese esa opción de centro moderna, pero que incluya, que conecta con buena parte de la sociedad.

Macri lo captó cuando en una de sus pocas definiciones ideológicas dijo que se identificaba con el desarrollismo de Arturo Frondizi. El problema es que hasta ahora su Gobierno no está logrando que esa declamación sintonice bien con lo que ofrece. Hay algo de modernidad, pero también trasunta exclusión y sobre todo, falta de rumbo.

Es decir, parece bastante claro que Macri es un avance respecto al mal final del proceso kirchnerista, que se agotó en una fuga hacia un chavismo apenas moderado, que la mayoría terminó por rechazar. Pero más allá de las promesas de una recuperación que se demora, hay inconsistencias macroeconómicas que abren enormes interrogantes sobre la viabilidad de su proyecto, como opción de desarrollo inclusivo. Tiene a favor que persiste la expectativa. Hay algo de desilusión, pero no es una catástrofe al estilo De la Rúa y le queda margen para corregir y acertar.

El kirchnerismo, por supuesto, sigue siendo una opción política intensa, pero ya no de mayoría. Una prueba de ello es que las astillas de lo que fue ese 54%, confluyen hacia el centro. O sea, encuentran mas futuro en ese lugar que en la radicalización. Eso es parte del cambio profundo que empezó a transitar la Argentina en 2015 y que desborda el nombre del sello oficial.

Es tan evidente que el centro lejos de perder valor ha crecido como opción -que no es lo mismo que hoy esté representado-, que hasta el kirchnerismo con todas sus contradicciones intenta una moderación ¿Cómo explicar sino el enorme esfuerzo que hacen para aceptar, aunque sea de manera simulada, un diálogo horizontal con dirigentes que hasta hace no mucho tiempo despachaban con una orden?

Pero como siempre en ese mundo, el problema y la solución es Cristina. Si da un paso al costado -no sólo ahora, sino mucho más importante en el 2019- contribuirá a esa mutación. Ganaría prestigio y le daría a su sector expectativa de integración en un proyecto de mayorías. No hay que ser imaginativo para visualizar que pasaría si se aferra a la idea de volver. Claro que para un líder que ganó todo, lo más difícil es entender cuando llegó el momento de retirarse. Les pasa a los boxeadores y a los presidentes, suelen dejar el ring vapuleados. Miremos a Lagos.

El medio término

La elección de este año empezó a perder densidad. Primero, no va a ser sencillo llegar a un veredicto unánime sobre quien ganó. Como en la política italiana, es posible que en la noche del domingo todos encuentren razones para proclamarse triunfadores. Eso indica que aún como estación intermedia de posicionamiento, su utilidad será acotada.

Lo que está en el aire es otra cosa, es la búsqueda de un intérprete de ese centro hoy vacante. Massa es el que se propone de manera más explícita, pero no es cuestión de quien lo dice más alto. Macrón confirmó en Francia un proceso que hoy ofrece rastros similares en la Argentina: El debilitamiento de los partidos tradicionales configura un tablero volátil en el que como nunca, se vuelve crítico acertar en el blend de oferta programática, candidato y política, para quedarse con el centro ganador.

Bien mirado, el acceso de Macri al poder fue un recuerdo del futuro de Macrón. Ganó por un pelo con una oferta de centro liberal y un partido flamante. Pero claro, en el 2019 sobre el final de su mandato, no será fácil recrear esa magia si los resultados en la economía no acompañan en parte las expectativas creadas. Y ese es el bocado que huelen los tiburones, que hoy empiezan a amontonarse en el centro de todas las cosas.

Malvinas o el naufragio del marketing

La subestimación de la política generó otro error no forzado, como el abordaje de las tarifas.

Un rastro demasiado visible une el pantano del tarifazo con el tropiezo de Malvinas: La displicencia. Es ya un rasgo constitutivo del gobierno de Macri ese cancherismo de paño frío, que subestima la política desde una pretendida “simpleza”, que en rigor parece poco mas que la coartada del amateur

Los temas complejos suelen demandar abordajes complejos que contemplen las múltiples aristas. Es incómodo, es difícil y hay que ponerle cabeza. Pero chocar contra la pared para corregir, es un poco brutal como sistema de regulación.

Los errores además nunca son episodios aislados, sino que se encadenan con otros acontecimientos en una dinámica propia, que por eso los Gobiernos tratan de evitar como la peste. El fiasco de Malvinas, por ejemplo, además de su daño intrínseco, liquidó la espuma del Mini Davos y arrasó con el costoso seminario organizado por el Financial Times para vender a la Nueva Argentina.

Exponer una charla de pasillo con un mandatario extranjero y presentarlo como el inició de una negociación, es sólo un ejemplo -mas grave- de la misma displicencia que caracteriza a la administración Macri.

Fue además una polémica innecesaria, salvo que se acepte que la agenda de la canciller Susana Malcorra supera los intereses de la administración que integra. No es un secreto la extrema cercanía de esta funcionaria con el Departamento de Estado, lo que sorprende es la docilidad de Macri frente a una subordinada que casi sin cuidado le marca el paso en política internacional. Nada menos.

Revisar sin miramientos la política hacia Malvinas –uno de los pocos puntos en los que se puede hablar de un acuerdo que trasciende los partidos- y pensar que iba a ser gratuito o peor, que iba a pasar sin mayor escándalo por el simple y repetido recurso de ningunear el tema -“no exageren”, “no sean ansiosos”-, es casi una confesión de carencias propias, más que un ejercicio de astucia.

Exponer una apresurada charla de pasillo con un mandatario extranjero y encima, presentarlo como el inicio de una negociación formal, es sólo un ejemplo más grave de la misma displicencia.

El agujero del mate

El círculo de decisión del Gobierno puede seguir creyendo que inventó el agujero del mate y a nadie le cambia la vida esa convicción. Pero hace siglos que se sabe que la política o la hacés o te la hacen. No hay grises confortables, amigables o primorosos en los que recostarse, cuando se trata de conflictos. Sobre todo en política internacional.

Malcorra actuó como la profesional que es y se apresuró a desmentir sin miramientos al Presidente, acaso en un intento por anticiparse a una desmentida destemplada del Reino Unido, que de todas maneras llegó con puntualidad inglesa. En el camino, quedó la imagen de un presidente novato. Dicho de otra manera, creer que el ensayo y error es gratis, es como pretender que Alí salió indemne de los 14 rounds ante Frazier, porque ganó.

Con la misma fe, que alarma a Emilio Monzó, el Gobierno se encamina a las cruciales elecciones de medio término. Es la convicción de que la suerte favorece a los justos, cándidamente expresada por Hernán Iglesias Illa, cuando defendió el uso de la base de datos de la Anses porque era “para hacer el bien”.

Macri es como un Menem al revés: Discurso ortodoxo, combinado con política económica nestorista que cree en atrasar el tipo de cambio y empujar el consumo como palanca de reactivación.

Macri, ingeniero y más pragmático, hace la traducción macro de esa certeza y sostiene que la recuperación económica garantizará las elecciones. Son dos enfoques complementarios de la misma subestimación de la política. O si se quiere, el superyó del PRO aportando una solución “mágica” a lo que problematiza, parafraseando al Presidente.

Pero entre tanto ensayo y error el Gobierno acaso no esté percibiendo los desacoples del relato que a los ponchazos va construyendo. Macri ensaya una experiencia novedosa. Discurso ortodoxo, combinado con política económica nestorista que cree en atrasar el tipo de cambio y empujar el consumo como palanca de reactivación. Mismo déficit, inflación similar, el único cambio, reemplaza la emisión por el endeudamiento.

Es como un Menem al revés, que combinaba estética y estilo populista con programa económico neoliberal y en las buenas épocas le permitía sumar por arriba y por abajo. El experimento de Macri acaso pueda funcionar –se verá- pero abre el riesgo de generar rechazo en ambas puntas.

Sin embargo, Macri sabe que cuenta con una ventaja. El último cristinismo fue tan malo, tan irracional, que los mercados le tendrán una “paciencia estratégica” a su administración. Por lo menos hasta ver si gana en el 2017 y ahí sí, empieza a hacer el ajuste que viene esquivando. Y si el año que viene acaso la economía rebota un 3 por ciento y la inflación profundiza su camino descendente, Macri podría encontrar ese veranito que se hace desear. Salvo, claro, que la política recaiga en su maldita costumbre de meter la cola.

Una derrota que pone en discusión el sistema de decisión de Macri

El Gobierno perdió diez meses valiosísimos. No pudo anticipar ni acotar un resultado adverso.

El fallo de la Corte Suprema pone en entredicho mucho más que el plan fiscal del Gobierno. Arroja un gran interrogante sobre la solvencia de la mesa que define las iniciativas centrales del gobierno de Macri. Hasta esta mañana en la Casa Rosada desconocían aspectos medulares del pronunciamiento del máximo tribunal.

Esta ignorancia no se debía a un estoico espíritu republicano que los constreñía a mantenerse ajenos a la decisión de otro poder, sino todo lo contrario: La multiciplicidad de interlocutores, habilitados, institucionales, voluntaristas y lanzados, que Macri dejó operar sobre la Corte.

Una desprolijidad que se puede notar en cuatro caras que son cuatro métodos de aproximación distintos, que lejos de potenciarse en una estrategia común, generaron tanto ruido en la línea que la Casa Rosada terminó perdida en el laberinto que por acción y omisión terminó edificando.

Carrió, Angelici, Sanz y Garavano son las cuatro caras más visibles de la caótica y contradictoria operación del Gobierno sobre la Corte, que lejos de confluir en una estrategia común, terminaron edificando un laberinto.

Carrió amenazó al presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, con denuncias tremendas sobre su supuesto enriquecimiento ilícito. La cara del castigo. Sanz ofreció el sutil acercamiento del amable componedor. Garavano se plantó en una posición institucional-académica digna de Suiza y Angelici ofreció el código siciliano de camaradería tóxica. Todo al mismo tiempo.

El fallo abre la puerta para una anulación total no sólo del tarifazo del gas sino de los incrementos ya ejecutados de luz y telefonía fija, al exigir audiencia pública para disponer cualquier aumento de un servicio público. Con el riesgo posible que industria y comercios hoy no exceptuados por al incremento del gas, reclamen el mismo beneficio que los residenciales, ya que se les aplicará el aumento sin las audiencias que exigió la Corte.

Es una derrota central para el programa económico de Macri que golpea en el plano fiscal, envía una mala señal a potenciales inversores y demora la normalización del área energética, como bien analizó Dante Sica.

Conocido el fallo las empresas de energía ya hablaban de la imperiosa necesidad de un salvataje del Gobierno. Las eléctricas que siguen con la tarifa suspendida advierten que en dos meses entran en quiebra y las gasíferas, como anticipó LPO, planean pedirle créditos subsidiados al Banco Nación.

Pero el lado más nocivo del fallo es que deja en evidencia la mala planificación del Gobierno de una medida que el kirchnerismo tomó, de manera mucho más acotada, en dos ocasiones -2004 y 2014-, sin que la Corte se sintiera agraviada por la ausencia de audiencias públicas ¿Qué falló esta vez?

No se midió el impacto político y social del tarifazo y una vez en conflicto, se avanzó en una estrategia de “todo o nada”, una idea que por cierto es la antítesis de la política y muy contradictoria con un Gobierno que se propone como un regreso a la “normalidad” luego del confrontacionismo de Cristina.

El radical Mario Negri, como si conociera el fallo, un día antes había reclamado a Macri que se olvidara de la Corte y resolviera el tema políticamente. La sugerencia no es superficial: El Gobierno resignó autoridad al sacarse de encima el problema; apostando a tercerizar los costos de una medida impopular. La Corte le devolvió la gentileza y aprovechó para hacer un poco de populismo y quedar bien con los afectados por el incremento.

O sea, pasaron diez meses y el Gobierno está donde empezó. Un cuarto del mandato de Macri concluye sin que esté resuelto un requisito básico de normalización de la macro, un poco por ingenuidad y otro poco por cierta displicencia, que empieza a ser un lugar común en todos los errores no forzados que la actual administración comete.

El caso López marca un cambio de época en el peronismo

Massa cree que es el principal beneficiado. El ocaso del kirchnerismo.

 Se trata de esos acontecimientos que redefinen la política. La detención de uno de los funcionarios más importantes de los doce años del kirchnerismo, revoleando bolsos repletos de dólares, al interior de un convento semi abandonado, ante la mirada escandalizada de un grupo de monjas, supera la escena más delirante de Tarantino.

“Yo robé dinero, para venir a ayudar acá, me van a meter preso”, gritaba López mientras desparramaba millones de dólares. El problema es que la escena confirma todo lo que se dijo y se sospechaba: Que el kirchnerismo saqueó el Estado, que cobraban las coimas en efectivo y que ahora no saben que hacer con ese dinero.

Como le explicó una fuente muy importante del mundo de las finanzas a este columnista, cuando se llega a una encerrona como la que viven los kirchneristas, la única solución es quemar la plata -sí, como en Breaking Bad-. Amontonarla en un desierto, rociarla de nafta y prenderla fuego. Así de sencillo. Pero claro, la codicia pudo más.

En el plano político, acaso todavía sea pronto para mesurarlo en toda su extensión, pero ya se pueden sacar algunas primeras lecturas. La escena agudiza la degradación del kirchnerismo a un punto que acaso ya no tenga retorno y abre un enorme interrogante sobre una eventual regreso de Cristina Kirchner a la esfera pública para competir en las elecciones del año próximo.

De manera simétrica le da la razón a aquellos peronistas que eligieron apartarse de la conducción de Cristina, como Pichetto, Bossio y la mayoría de los gobernadores. Es razonable entonces esperar una sangría de legisladores y dirigentes hoy identificados como kirchneristas, hacia esas cabeceras de playa.

Le da por otro lado la razón a Massa en su argumento frente a todos aquellos que le piden que regrese al peronismo. “Yo ya pagué el costo de romper ¿Porqué voy a volver a un lugar donde tengo que dar explicaciones por la corrupción y La Cámpora?”, suele responderles.

Son posicionamientos tácticos lógicos y cruzados por los primeros tanteos por las listas del año que viene y la presidencial del 2019. Pero lo que está claro es que la transición políticaque inició el gobierno de Macri al pasar de un régimen populista a una economía de mercado, tuvo su primera eclosión importante en el peronismo.

Para el Gobierno es una buena noticia porque le saca de agenda el tarifazo y los efectos mas duros del ajuste. Pero a la vez, acelera el cambio de piel en el peronismo, que acaso llegue a las elecciones del año que viene con el kirchnerismo enterrado, y eso lo vuelve un rival mucho más difícil.

Pero el cambio de época más visible se vivió esta tarde, en el Congreso. Allí, Pichetto, Massa, y un grupo de gobernadores peronistas, negociaban la aprobación de los pliegos que propuso el Gobierno para la Corte Suprema y las modificaciones a la ley de blanqueo y pago a jubilados.

Por primera vez en más de una década, las negociaciones políticas más importantes del país se cerraban sin la presencia de kirchneristas.

Macri paga el costo de una transición necesaria

La pericia de Macri para mantener el rumbo entre las negociaciones infinitas, definirá su Presidencia.

Por Ignacio Fidanza

Exceptuando al kirchnerismo que mantiene la defensa de un proyecto populista-y está en todo su derecho-, la crítica al gobierno de Macri es más metodológica que de rumbo. El Presidente inició una corrección estratégica que en el trazo grueso regresa a la Argentina a una economía de mercado similar a la que impera en la mayoría de los países de la región.

Por definición, la operación de pasar de un régimen populista a uno de libre mercado es una transición política. Y se sabe que las transiciones suelen ser implacables con sus creadores, que aún exitosos, deben esperar décadas para que se les reconozca el trabajo realizado.

Es natural. El sentido profundo de la transición es cambio, mutación, proceso de transformación que deja inconformes de uno y otro lado. Unos porque pierden lo que tenían, otros porque lo nuevo no termina de llegar, con la urgencia de sus deseos. Navegar atemperando la revancha y amansando a los derrotados, no es tarea sencilla.

Pasar de un régimen populista a una economía de mercado no es una tarea sencilla. Las transiciones, que dejan inconformes de uno y otro lado, suelen devorarse a sus pilotos.

Por eso, mientras los seguidores de Cristina denuncian un ajuste impiadoso, desde la tribuna neoliberal miran los números del déficit y acusan al Gobierno de practicar un kirchnerismo de buenos modales. Paradoja clásica de toda transición. Adolfo Suárez, lamentablemente, no está vivo para consolarlo.

La buena noticia es que Macri parece dispuesto a pagar el precio. No es poco.

Como sea, el proceso histórico en el que está embarcado lo excede y eso es lo interesante. Si se mira hacia delante, las opciones que empiezan a bosquejarse: Sergio Massa, Florencio Randazzo, Juan Manuel Urtubey, María Eugenia Vidal, son variantes de su orientación programática, en todo caso con la promesa implícita de mayor eficacia en la gestión política y tal vez una sensibilidad social más aceitada. Habrá que ver. Pero es indudable –si se miran las encuestas-, que el regreso al populismo es una salida sólo para un porción minoritaria de los argentinos.

Tal vez esa sea la razón que explique porqué Macri dejó de caer en las encuestas, porque en el medio del tarifazo, el pico inflacionario y la caída de la actividad, la mayoría de la población mantiene una paciencia budista, que parece exceder incluso la tontería apresurada de prometer un repunte en el segundo semestre. Tontería que Gabriela Michetti se apuró a corregir, con más visión política que aquellos que se burlan de su “sincericidio”. Siempre es mejor anticipar las malas noticias que esperar la decepción.

Y ese es otro dato alentador. Los argentinos, por una vez, parecemos dispuestos a transitar el camino a la madurez. No hay recetas mágicas. Bienvenidos al mundo. Las inversiones hay que pelearlas. Generar trabajo digno es difícil y pasar de una economía sojadependiente a un modelo de desarrollo diversificado puede llevar décadas. Pero veamos la trayectoria.

El chavismo que no fue

Cristina trazó una línea que apuntaba al firmamento chavista. Forzó así a un extremo, a un peronismo que siempre fue más parecido al PRI mexicano que al socialismo cubano. Y como era lógico, ese esfuerzo ideológico terminó ralentizando el proceso que imaginaba la ex presidenta.

Hoy, la Venezuela de Nicolás Maduro logró el milagro de convertir en sensatos al régimen de los Castro. Así de mal está ese experimento, prometido como el paraíso recuperado.

Unos miles de kilómetros más al sur, el peronismo retoma –con contradicciones- la corrección programática que ensayó Néstor Kirchner, luego de la eclosión del neoliberalismo de Carlos Menem. En esa franja se mueven Massa, De la Sota, Urtubey, Gioja y Bossio, por citar algunos.

Es un remix de aquel peronismo renovador de Cafiero que supo combinar ideas modernizantes con justicia social. Un regreso a las fuentes que seguramente agrada al paladar de Carlos Grosso, no casualmente uno de los primeros en advertir sobre los desplazados del modelo menemista; hoy integrante muy escuchado de la mesa chica del Presidente.

Es ese viejo sueño incumplido de convertir al peronismo en un PSOE a la Felipe González, que hoy enfrenta la disincronía de vivir en un mundo que acumuló decepciones. Sin embargo, esa sensibilidad que se abre paso en las aguas subterráneas del partido mayoritario de la Argentina, ofrece a Macri la oportunidad de darle a su Presidencia un rol histórico ingrato pero valiosísimo: Ser el Gobierno que regresó a la Argentina a la senda de la normalidad. Aquel que pagó su libra de carne, para que tal vez otro disfrute de la cena.

Claro que las acechanzas son tremendas y la falta de política es evidente y fue advertida. Por eso, por ejemplo, Macri puede perder las elecciones del año próximo. Porque incide lo estructural y lo operativo. Pero algunas derrotas bien orientadas valen más que victorias oportunistas. O dicho de otra manera, nadie dijo que la redefinición de un Estado sobredimensionado y agotado, iba a ser agradable.

El otro riesgo, mucho más serio, es quedarse a medio camino de todo y no resolver nada de lo importante. Es el riesgo ineludible de las transiciones y lo que en definitiva juzgará la presidencia de Macri: Su pericia para, entre negociaciones infinitas, ir llevando el pulso de la línea trazada.

Macri, llegó la hora de cambiar

La impresionante movilización sindical confirma que terminó la luna de miel. Crisis interna y necesidad de cambio.

El presidente Macri suele proclamar que a diferencia de otros líderes que llegaron al poder y se sintieron infalibles, él es un hombre dispuesto a cambiar si comprueba que está equivocado. Bueno, está frente a una oportunidad dorada para confirmar esa predisposición.

La respuesta política del Gobierno al desafío sindical fue, siendo generoso, un desastre. Los jefes de las cinco centrales sindicales hicieron dos reuniones -no una sino dos- en el Congreso anunciando su molestia. Es decir, dieron vuelta el reloj de arena y se sentaron a esperar un llamado que nunca llegó. Lo que se vio hoy fue la respuesta a ese destrato.

Ser Gobierno permite disfrutar de casi todos los lujos, menos de la distracción.

La administración de Macri ya había expuesto un problema serio de comunicación, ahora dejó en evidencia su déficit político. Pero bien mirado son dos reflejos del mismo rasgo: La pulsión por ningunear lo que no se controla, no se conoce y molesta entender. O sea, lo contrario del diálogo declamado. Porque hablar con los que piensan como uno puede ser cómodo, pero está muy lejos de una auténtica conversación política.

Ninguneo, cancherismo, chicaneo, rastros de una conducta defensiva que no está siendo funcional al inmenso desafío de ordenar la economía y volver crecer.

Ninguneo, cancherismo, chicaneo, rastros de una conducta defensiva que no está siendo funcional al enorme desafío que representa ordenar la macroeconomía y volver a poner al país en un proceso de crecimiento.

Con un poquito menos de soberbia se podría percibir que encarar un proceso de ajuste siendo minoría, exige la colaboración de los sindicatos y el peronismo. Sin ellos, aunque sea como socios silenciosos, es imposible. Los dos tercios que obtuvo el proyecto antidespidos en el Senado, son la prueba más fehaciente.

Macri tiene que expandir su base de sustentación política, compartir poder y consensuar decisiones. No porque es bueno o deseable, sino porque no tiene alternativa. Senado, sindicatos y gobernadores son mayoritariamente peronistas, y el fastidio no va a cambiar esa realidad. Se trata de un entramado que Facebook no puede solucionar, por más millones que se depositen en sus cuentas panameñas –y no es una chicana, apenas un dato-.

Lo notable es que todos esos actores se pasan los días enviándole señales de acuerdo al Presidente. Hoy mismo en el acto, los líderes sindicales se cuidaron de aclarar que no era una movilización contra el Gobierno y que sólo pedían ser “escuchados”. Antes, el propio Pichetto se cansó de pasarse meses con su “Pacto del Bicentenario” bajo el brazo.

Es interesante ese caso para ver todo lo que no funciona en el Gobierno. Gabriela Michetti le explicó a Macri que la idea de negociar ley por ley se estaba volviendo insostenible porque alimentaba una voracidad insaciable. En esta columna se anticipó sobre el riesgo al saqueo vikingo que encerraba esa lógica. La vicepresidenta la propuso entonces a su jefe político, aprovechar la propuesta de Pichetto para institucionalizar un acuerdo político amplio, con una serie de leyes a sancionar y de paso meter en ese paquete los dos jueces de la Corte.

La propuesta interesó a Macri, pero se estrelló contra la pared del jefe de Gabinete, Marcos Peña, preocupado por “la foto” de un toma y daca con los senadores peronistas. No es que parece una contradicción, son contradicciones. Y eso es lo que está estallando. Como en muchos temas sensibles –medios, justicia, sindicatos, oposición- Macri no tiene definiciones de fondo y suele perderse en lo táctico inmediato, que como es lógico con lo táctico, se contradice.

Estamos entonces ante la primer crisis política seria del gobierno de Macri, que lejos de arreglarse con amenazas de veto, podría empezar a despejarse –y muy rápido-, si se entiende que el agujero del mate ya fue descubierto y las genialidades de campaña sirven hasta que se gana la elección. Después, se trata de gobernar, que es algo distinto.